Últimamente las redes sociales han despertado un gran interés entre los anunciantes para incorporarlas a sus estrategias de marketing. Por un lado la creciente audiencia que reunen (recordemos que Facebook, por ejemplo, crece a un ritmo estable de 250.000 usuarios nuevos cada día desde enero de 2007 y asciende a casi 70 millones de usuarios) y el tiempo que estos dedican a pasar entre sus páginas (según Compete los usuarios de MySpace le dedican un 7,3% de su tiempo online) son valores más que interesantes para su explotación publicitaria.

Si a esto le unimos la teórica capacidad de segmentación basada en los perfiles declarados por los propios usuarios de las redes sociales, ese espacio en el que cada usuario declara cuales son sus características sociodemográficas, sus principales aficiones y preferencias e incluso los objetivos que persigue, las redes sociales se muestran como una gran oportunidad en términos publicitarios. Las principales redes sociales están ofreciendo esta capacidad como una valor añadido para garantizar el éxito de las campañas. Pero según comenta un artículo de Rob Walker en el Fast Company de marzo:

“What looks like exhibitionism isn’t quite what it seems. By and large, the versions of self-identity that young — and not-so-young — users offer up on these sites aren’t so much confessional as calculated.”

No resulta contraproducente, al fin y al cabo es bastante similar a lo que la mayoría hacemos en al conocer a otra persona, mostramos nuestro mejor lado, lo mejor de nosotros mismos. En nuestro perfil hacemos lo mismo y lo hacemos de una forma más calculada. Si esto es cierto, y parece razonable que lo sea, pudiera ser que nuestra capacidad para segmentar basada en lo que las personas queremos ofrecer de nosotros mismos no se convirtiera necesariamente en una información que se transforme en una mayor eficacia de la campaña.